Sous les pavés, la plage (bajo el pavimento, la playa), fue una famosa consigna que apareció escrita en los muros parisinos de mayo del 68. Cuenta la leyenda que cuando los estudiantes franceses comenzaron a romper el pavimento en busca de piedras, se encontraron con que debajo de este había arena. La playa, ese paraíso utópico, siempre había estado ahí… Para llegar a ella solo había que romper algunos cimientos.

Una revuelta es por definición un quiebre. Un rompimiento. Un cambio de dirección…

El 18/O, un adormecido Chile despertó del letargo en que lo había sumido la eterna espera de una alegría que nunca llegaría. La falsa representación del país como un oasis dentro de un continente rezagado, rápidamente se cayó a pedazos y devino en un espejismo que, al develarse engaño, nos mostraba los fantasmas del pasado instalando, una vez más, su violenta ‘normalidad’.

Pero ya no somos los de antes -nunca somos los de antes- y una revuelta siempre trae consigo transformaciones. O al menos el anhelo colectivo de que estos son posibles, y eso también nos transforma, manteniendo viva la ilusión de encontrar, bajo el pavimento, el oasis.



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